Diario del Mar

"Me llamo Katherine Greenwood Wells, tengo dieciocho años. Nací en una cuna hecha de olas, mecida por el vaivén del maravilloso océano. El mar corre por mis venas. Mi madre se llamaba Anne Wells, y falleció cuando yo había cumplido seis años. Mi padre, Alfonso Greenwood, me enseñó todo lo que sé sobre el mar, pero por desgracia, desapareció hace dos años, sin dejar rastro. Y desde entonces, no he dejado de buscarle."




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sábado, 29 de noviembre de 2014

DDM: Capítulo 90

¡Hola a todos! O mejor dicho, a aquellos que seguís aquí, si es que queda alguien, la verdad.

Sé que soy una pesada, y que tardo milenios en subir capítulos, y la gente se acaba aburriendo y por eso se acaban marchando... Lo sé, y lo asumo, es mi culpa, y me arrepiento jo :( Aún así, espero que aún quede alguien, al menos para sentirme realizada conmigo misma, pues la realidad es no quedan muchos capítulos para que esta historia termine... desgraciadamente para mí, afortunadamente para vosotros JAJAJAJA.

A pesar de todo, lo siento muchísimo, y espero que os guste este capítulo :)



¿Estaba viva?

Sentí una brisa acariciarme la piel, como si quisiera hacerme despertar.

Seguía haciendo frío y no sentía nada de dolor. Mi cuerpo no existía en aquellos momentos.

Alcé ligeramente el rostro, para observar lo que había a los lados, pero sólo divisé... playa.

Había arena bajo mi cuerpo, sólo arena. Y no había nadie, nadie a mi alrededor. Estaba sola.

Entonces llegaron las arcadas. Y el dolor. Y vomité. El agua salió en grandes cantidades de mi organismo y respirar se me hizo más fácil. Es más, después de vomitar, me di cuenta de lo que era respirar realmente. Supongo que el frío me había anestesiado tanto que ni siquiera me había dado cuenta de que no podía respirar...

Después de deshacerme de todo el agua salada que había en mi estómago y en mis pulmones, me obligué a incorporarme, pero todo comenzó a dar vueltas y se me desenfocó la vista. Me llevé la mano a la cabeza y al rostro, donde sentía un dolor que palpitaba bajo mi piel. Cerré los ojos y la oscuridad en la que me sumergí me sentó mejor, aunque el dolor seguía ahí, zumbando en mi oído derecho.

Apreté las mandíbulas y cuando abrí los ojos, el mundo parecía haber parado y mi vista volvía a estar clara. Pero el dolor que recorría mis nervios y mis músculos seguía ahí. Fui consciente de que moverme era una tarea imposible. Mis pies y mis manos seguían entumecidos, y no me creía capaz de moverlos ni un poco.

El corazón se me aceleró de miedo, pensando que quizá eran partes que había perdido, pero poco a poco comencé a sentir un cosquilleo que me demostró lo contrario y apagó mis dudas.

No recordaba qué había ocurrido después de que mi barco fue a engullido por el mar, pero si recordaba la ola gigante, y cómo Dan trató de protegerme con sus brazos... y cómo Jacob, Liv y Diana inundaron mi mente... Y deseé que siguieran con vidas. O por el contrario, que sus muertes hubieran sido rápidas...

Y el llanto llegó. Llegó porque estaba sola, y porque ellos podían estar muertos mientras yo seguía con vida. Lloré porque eso era injusto.

Enterré el rostro entre mis manos llenas de arena y lloré hasta que no me quedaron más lágrimas, que tampoco fue mucho, la verdad...

No tenía ganas ni de llorar. Es más, hasta me dolía llorar.

Aún con los ojos húmedos, traté de levantarme, aunque fue una decisión errónea, porque todo me dolía. Mis extremidades parecían haber envejecido cien años; mi cuerpo en general parecía haber envejecido. Me dolía cada centímetro del cuerpo y no podía siquiera mantenerme erguida.

Volví a mirar a mi alrededor, sin pararme mucho en ningún punto determinado, para no hacer peor lo que acababa de confirmar; que efectivamente, estaba sola del todo.

Las lágrimas volvieron a bañar mi rostro, pero esta vez yo no era consciente. Estaba sola. Y jamás me había sentido tan aterrada. Porque sabía que si estaba sola, era porque el resto había... muerto.

- ¡¡¡Diana!!! -grité a todo pulmón, tambaleándome.

Y así lo hice con el nombre de Jacob, el de Liv, el de Dan, el de Gwendolyn... hasta con el de Dylan y el de la pequeña Kathlyn.

Me cubrí el rostro con las manos y grité. Grité porque de verdad tenía miedo. Un miedo igual de intenso y aterrador que el que sentí cuando estaba encerrada en aquel sótano. Porque volvía a estar sola, y nadie podía salvarme. Esa vez no.

Me abracé a mí misma, sintiendo un frío helador. Estaba en la Isla de las Voces, el sitio más macabro del mundo y del universo, y estaba sola.

Otra punzada de dolor en la cabeza y me llevé la mano al mismo sitio que anteriormente me había cubierto. Estaba segura de que me había golpeado con algo al hundirme en el agua, porque era un dolor insoportable.

Me miré los brazos pálidos por el frío y vi algunas cadenas moradas recorriendo mi piel, y supe que se debían a más golpes, aparte de arañazos rojos y una herida abierta en el antebrazo.

Tenía la vista nublada por las lágrimas, mientras pensaba en lo débil que es el cuerpo humano, no sólo yo. En lo fácil que es lastimarlo, ya sea física como psíquicamente.

Y entonces lo oí.

No sé cómo, porque estaba demasiado concentrada en mi soledad y en el dolor, pero lo hice.

Descubrí mi cara otra vez, oteando el horizonte y mi alrededor, para descubrir de dónde provenía aquel gemido.

Quizá... quizá sólo se trataba de la Isla y de las alucinaciones que te provoca...

Pero lo volví a oír, y estoy segura de que mi corazón se paró cuando divisé algo en las rocas más cercanas de la costa.

Era un ser humano, pero desde aquel punto no podía distinguir de quién se trataba.

Eché a correr. Por increíble que parezca. Mis piernas quemaban, ardían totalmente pero no me importaba, porque no estaba sola. Y lo único en lo que pensaba era en ayudar a aquella persona. Estaba desesperada. Tan desesperada que ignoré los latigazos de dolor que sentía.

Me tropecé varias veces y estuve a punto de caer, pero conseguí llegar a las rocas. Ni siquiera sentí los cortes que estaban provocándome en las rodillas y en las manos, y los golpes que estaba recibiendo en las espinillas cada vez que resbalaba y chocaba contra las puntiagudas rocas.

Era un chico.

Y el chico había conseguido aferrarse a una roca, y trataba de subirse mientras tosía con violencia.

Pero no me hizo falta acercarme más porque ya sabía quién era.

Lo que me hizo arrastrarme más rápido sobre las piedras y llegar antes a él.

Alargué una mano y agarré con desesperación su brazo. Saqué fuerzas de donde no las había y tiré de él, ayudándole a subirse del todo a las piedras. Dejé su piel marcada de un rojo aguado, y sabía que la sangre provenía de mis manos pero me daba igual.

Tosió con más violencia y escupió todo el agua que había tragado y había encharcado sus pulmones, a cuatro patas sobre la piedra en la que estábamos.

No le solté. Sentía que si lo soltaba, desaparecería o se ahogaría otra vez. Desplacé mi mano hasta su hombro, sin dejar de mirarle, demasiado preocupada por él y en shock como para decir algo.

Cuando dejó de toser y giró su rostro hacia mí, deslicé mi mano hasta su cuello de manera lenta, midiendo mi contacto, sin dejar de mirarle, demasiado emocionada.

- Estás viva... -murmuró con la voz ronca.

Se me nubló la vista por culpa de las lágrimas, en el momento en que Jacob me abrazó con fuerza y yo le rodeé el cuello, acercándole aún más a mí, como si fuera mi salvación. Y en verdad, así era.

Sentí su cálido aliento en mi oreja, y cómo suspiraba de alivio, y algo se removió en mi interior. No sabía exactamente qué...

Me temblaba todo el cuerpo, y no sabía si era porque ya no estaba sola, o por el hecho de que Jacob había sobrevivido. Volví a sollozar, pero sentí que el miedo comenzaba a disminuir, y supe que era porque estaba entre los brazos de Jacob.

Enterré el rostro en el hueco de su cuello y seguí llorando.

- Estoy aquí... Kathy... No pasa... nada... -murmuró a duras penas.

Conseguí alejarme un poco de él, y entonces enmarcó mi rostro con sus manos y me obligó a mirarle.

- Estoy aquí. -repitió.

Y yo asentí, porque lo sabía.

No en el sentido físico, pero en el emocional.

Jacob estaba allí. Siempre lo había estado.


***


Nos ayudamos mutuamente, apoyándonos el uno en el otro, y conseguimos llegar a la arena, lejos de las rocas que habían arañado mi cuerpo entero en aquella desesperada carrera.

Estaba temblando. Por frío, por dolor, por angustia y por miedo.

El miedo no se había ido del todo. Y me odié porque me sentí débil, aunque supongo que eso era lo que era. Yo era débil.

Jacob no me soltó en ningún momento, y yo tampoco lo solté a él, y no dejó de repetirme que estaba allí.

Ni siquiera cuando me dejé caer al suelo porque el temblor era demasiado fuerte. Se colocó frente a mí y sus manos volvieron a enmarcar mi rostro. Me apartó el pelo del rostro y yo me perdí en sus ojos verdes.

- Todo va a salir bien.

Y seguidamente, cerré mis puños alrededor de su camisa mojada y le obligué a acercarse a mí. Apoyé la frente en su hombro y cerré los ojos, tratando de calmar mi respiración. Sentí su aliento en mi cuello y cómo sus manos me acariciaban la espalda y los brazos con suavidad y delicadeza.

- No tengas miedo, Kathy. -susurró en mi oído. -Soy yo, estoy aquí.

- Lo sé. -contesté en un susurro, antes de que todo se desvaneciera.



***


Cuando abrí los ojos, Jacob no estaba a mi lado. Y por un fugaz momento pensé que igual todo había sido un sueño y que estaba, efectivamente, sola.

Pero oí voces a mi alrededor, y reconocí a la perfección la de Jacob, así que el miedo que acababa de sentir desapareció de un plumazo.

Traté de incorporarme, aunque el dolor seguía siendo igual de intenso que antes. Entonces, una mano se posó en mi espalda, cosa que me sobresaltó ligeramente. Me giré, todavía en el suelo, para encontrarme con los cálidos ojos verdes de Jacob. Algo se removió en mi interior.

Me dirigió una media sonrisa que me petrificó.

- ¿Te encuentras mejor?

- Creo que sí. -murmuré.

Buscó mi mano con la suya, y yo sentí que se me paraba el corazón. Luego me di cuenta de que sólo era para ayudarme a levantar.

Una vez en pie, agarrando mi mano, y la otra aún apoyada en mi espalda, nuestras miradas se cruzaron otra vez en lo que a mí me pareció una eternidad.

- ¡Jacob! -llamó una voz. Una voz que conocía muy bien.

Entonces Jacob apartó la mirada para mirar con total seguridad a la joven que estaba hablando, y me sentí vulnerable y pequeña. Reemplazada.

- ¡Veo otro cuerpo!

No me lo podía creer. Pero tampoco podía creerme lo que estaba sintiendo; me estaba sintiendo reemplazada. ¿Por qué? Jacob y yo no éramos nada.

El contacto existente entre ambos se disolvió en la nada en cuanto Jacob corrió hacia la joven que había hablado.

Mejor dicho, hacia la víbora.

Me giré lentamente, en el sitio, para ver la perfecta figura de una chica rubia y de increíbles ojos azules que miraba con pasión a Jacob.

- ¡Hola, Greenwood! Cuánto tiempo, ¿no? -exclamó poniéndose de puntillas para poder ver por encima de Jacob.

No estaba segura de si su voz había sido amigable o no.

- No el suficiente. -siseé.

Y me giré, dándoles la espalda, y chocándome con otra figura.

- ¡Kathy!

Su voz activó un mecanismo en mi interior que me hizo abalanzarme hacia ella y abrazarla.

- ¡Diana!

Diana estaba sana y salva.

Pero...

- Di, ¿y...?

- Tranquila, está bien. Es un milagro, lo sé. -contestó, temblándole la voz. -No la solté en ningún momento. Fue... Liv la que me ayudó a salir a la superficie. Bueno, la que nos ayudó a todos los que estábamos en la bodega.

Nada más oír su voz, se me heló la sangre. Me giré, buscando a mi alrededor una melena hecha de fuego, pero no había nadie.

- ¿Dónde está Liv? -inquirí, con los ojos muy abiertos.

Diana sacudió la cabeza, negando.

- No lo sé, pero Kathy, no pasa nada. Seguro que aparecerá. No han dejado de llegar cuerpos a la orilla.

Diana no completó esa frase, pero ambas sabíamos que que llegaran no implicaba que siguieran vivos.


***


Gwendolyn también estaba bien. Y Dylan, que estaba con Diana y la pequeña Kathlyn. Y algunos más de mi tripulación, pero no me interesé en saber quiénes eran.

Me limitaba a acercarme a ellos para ver sus rostros, buscando a alguien en especial. Alguien que faltaba. Mi corazón latía con fuerza, y la angustia me rodeaba el cuello como si fuera una serpiente a punto de ahogarme.

No sé cuántas veces les obligué a mirarme, desesperada. Pero por mucho que buscaba y buscaba, no estaba. Ninguno de los presentes era quien yo buscaba.

Me paré, quedando entre un remolino escaso de gente, que se trataban de ayudar unos a otros por las heridas que las astillas de mi barco les habían causado, o por haber tragado demasiada agua, o por golpes.

No estaban entre los vivos. Giré la cabeza para mirar hacia la orilla, donde estaban colocados los pocos cadáveres de la gente que no había conseguido sobrevivir, aquellos que no se habían perdido en la profundidad del océano, en una perfecta línea paralela a la costa. Se me encogió el corazón, y no sabía si mirar sería una buena idea, pero tenía que hacerlo. Tenía al menos que comprobar que las personas que trataba de encontrar no estaban entre ese grupo de desafortunados.

Caminé con lentitud, sintiendo cómo el imaginario olor a muerte se instalaba en mi organismo. Sólo olía a sal, pero me daba la sensación de que la muerte tenía un olor, un olor que sólo yo notaba. Y lo estaba notando.

Sentí arcadas, pero me contuve y me acerqué más.

No le tenía miedo a los cadáveres. Era la Princesa de los Mares, y ver gente muerta se había convertido en algo normal, algo que veía casi con normalidad.

Lo que me daba miedo era descubrir quiénes eran los cadáveres.

Repasé sus rostros pálidos, quedándome con ese color morado que pintaba sus labios y con ese color grisáceo que pintaba sus pieles frías y sin vida.

A pesar de estar buscando otra cosa, recé por todos ellos y pedí perdón de corazón a sus familias, si es que tenían, y a ellos mismos.

Algo se desinfló en mi interior, porque Dan y Olivia no estaban entre esos rostros. Pero tampoco estaba entre los vivos.

- Faltan cinco personas. -dijo de pronto Jacob, que se acercaba a mí.

Sostuve su mirada, que estaba llena de compasión, y apenas fui consciente de que las lágrimas rodaban por mis mejillas.

- No te preocupes, Kathy. Van a aparecer, estoy seguro. En cualquier momento.

Me apresuré a secarme las lágrimas y a desviar la mirada, tratando de ser fuerte, aunque me parecía imposible.

Ambos sabíamos que podían aparecer, pero nadie nos aseguraba que fuera con vida.


***


Esperamos y esperamos. Esperamos hasta la puesta de sol. Llevábamos casi un día entero en aquella playa, atendiendo a mi tripulación magullada.

Yo estaba sentada en la arena, lo más lejos de la orilla posible, como si desde esa posición pudiera abarcar más océano con mis ojos, y así encontrar a Dan y a Olivia.

El sol se ocultaba en el horizonte con lentitud, como si él tampoco pudiera irse sin encontrarles. Las nubes que pintaban el cielo estaban coloreadas de rosa y naranja.

Mientras tanto, los supervivientes estaban cavando tumbas en la arena, cerca de la línea del bosque de entrada a la Isla, y enterraban a los cuerpos que estaban ordenados en fila en la orilla. Yo ni siquiera miré.

De pronto, la voz de Jacob me sobresaltó. Se dejó caer a mi lado, con sus ojos clavados en mí.

- Déjame ver tus heridas.

Parpadeé para volver a la realidad y me encogí de hombros, enseñándole las palmas de mis manos y los cortes que tenía en las piernas. Mi pantalón marrón había quedado destrozado, al igual que el cuero desgastado de mis botas.

- No merece la pena. Son simplemente cortes. -murmuré, desviando la mirada.

Sentí sus dedos acariciando la piel de mis manos, y tuve la sensación de que esa caricia iba más allá de estar palpando simplemente mis heridas.

- Sería bueno limpiar la sangre. -añadió él.

- Es imposible limpiar la sangre que mancha mis manos, Jacob.

Lo dije. Me salió. Como si fuera algo normal, como si hubiera dicho hola, o buenos días. Lo dije, no me molesté en tratar de arreglarlo, porque era la verdad.

Jacob se quedó en silencio durante unos segundos, mirándome fijamente a los ojos, y entonces sacudió la cabeza, en desacuerdo con lo que acababa de salir de mi garganta.

- No, Katherine. No creerás encima que es tu culpa.

Desvié la mirada y me encogí de hombros, dando a entender claramente que así era.

- Mírame. Katherine, mírame.

No miré. No podía.

Colocó su mano bajo mi barbilla y me obligó a mirarle. Nuestros rostros estaban a escasos centímetros el uno del otro, y no sé en qué estaba pensando en aquel momento, la verdad.

- Tú no has hecho nada, Katherine. ¿Crees en serio que lo que ha pasado es tu culpa? Nada de lo que ha ocurrido es tu culpa. Tú no eres responsable de la muerte de nadie, Katherine. Dime, ¿les has matado personalmente, tú, clavándoles una espada? ¿Les has ahogado tú?

- Pero me seguían a mí, Jacob. Yo les he metido en esta estúpida aventura, yo les he guiado a la muerte. Yo les he condenado a morir.

- Ellos aceptaron a seguirte. No les obligaste. Ellos te siguen y te seguían porque querían. Sabían que seguirte era arriesgado, pues el mar hace lo que le da la gana. Pero lo hicieron de todas formas porque ellos querían. -hizo una pausa, en la que cogió aire. - Tú no nos has metido en esta estúpida aventura; nosotros lo hemos hecho, porque hemos decidido seguirte. No les has guiado a la muerte, Katherine. No les has condenado a morir. Ellos te han seguido, conociendo perfectamente los riesgos que el mar puede tener.

Sus ojos verdes brillaban con intensidad, y nos imaginé a los dos cuando éramos unas críos, observando la puesta de sol en el muelle de la ciudad.

- Mírame, yo sigo vivo. Y te seguí. Decidí seguirte a pesar de los riesgos que conllevaría para mí. Y bueno, te seguí, ignorando los problemas que supondría para ti, pero eso es otra historia.

La segunda parte de su frase me confirmó lo que estaba pensando; que no se refería a seguirme físicamente, o a seguirme por el motivo por el que mi tripulación me seguía. Sabía que se refería a algo más allá... a lo que éramos Jacob y yo.

- Y te seguiré hasta donde haga falta, y moriré en el intento si es necesario. -murmuró.

Recordé nuestro último y humillante encuentro, y por un momento pensé en actuar fría y cortante, pero él parecía haberlo olvidado, y no tenía fuerzas como para actuar falsamente, así que decidí hacer lo mismo; decidí olvidar lo que ocurrió, al menos por unos instantes.

- Serías un imbécil completo si de verdad pensaras eso. -sonreí, olvidándome por un momento del dolor.

- Y lo pienso de verdad. Pero ya sabes que lo soy, Katherine. -contestó Jacob, esbozando una de sus medias sonrisas, sin apartar sus ojos de mí.

- Estás loco, Jacob.

- Pero en el fondo es lo que más te gusta de mí, Kathy.

No lo iba a negar, pero sólo era parte de la verdad.

Los dedos de Jacob se acercaron a mi muñeca y remangaron mis camisa, para poder ver lo que yo ya había visto antes; las manchas moradas de mis brazos y la herida que ya había dejado de sangrar hacía bastante.

- No está tan mal como tu frente... -murmuró.

Alzó la mirada hacia mi sien derecha y seguidamente sentí sus dedos acariciando mi piel justo encima de la ceja.

- Te has dado un buen golpe... Tiene muy mala pinta.

- Deberías mirarte a ti.

En ese momento me di cuenta de que antes no había reparado en el golpe de su rostro; tenía el pómulo ligeramente hinchado y de un morado que se mezclaba con rojo. Jacob volvió a mirarme a los ojos, en completo silencio, y alejó su mano de mí, posándola sobre la arena.

No sé por qué lo hice, pero lentamente acerqué mi mano hasta su mejilla, y después de debatirlo intensamente con mi yo interior, acaricié su cálida y morena piel, sintiendo demasiadas cosas a la vez.

- ¿Te duele? -susurré.

- Un poco, pero estoy bien. Créeme, he sufrido cosas peores... -terminó la frase con una media sonrisa, y el contacto terminó.

Y ahí nos quedamos, contemplando lo que quedaba de la puesta de sol, en un completo silencio que no fue para nada incómodo.

Me gustaba. Me gustaba ese Jacob, y me gustaba lo que me hacía sentir. Y me gustaba yo misma cuando estaba él cerca. Me gustaba que al fin y al cabo, después de todo, pudiéramos mantener conversaciones así, pudiéramos parecer... amigos.


martes, 12 de agosto de 2014

DDM: Capítulo 89


¡Hola a todos!

Sé que es raro en mí, pero hoy he decidido subir el capítulo 89... Como ya os dije en el anterior, no estoy segura de que vaya a poder subir con frecuencia capítulos, así que he decidido subir hoy otro, ahora que puedo...

Espero que os guste y mil gracias por todo :)






Dan se levantó sobresaltado y casi gritó:

- ¿Qué está ocurriendo?

- Debe de ser una tormenta. -contesté, levantándome de la cama.

Ambos salimos con rapidez fuera del camarote, para confirmar mis palabras; unas nubes tan negras como las de mi pesadilla se cernían sobre nosotros, y el mar estaba tan revuelto que hasta yo sentí miedo.

Me sequé las lágrimas como pude, y me abalancé sobre el timón, tratando de controlar la nave que se desequilibraba cada vez más.

- ¡¡¡Cerrad la bodega!!! -fui lo primero que grité.

No toda la tripulación estaba en la cubierta, pero si los suficientes como para hacer lo que yo acababa de decir. Ni Jacob, ni Diana, ni Liv estaban en la superficie, y eso me alivió.

Aún sentía el dolor que me había causado la pesadilla y la falsa imagen de Harry vivo... pero me concentré en el timón y en no echarme a llorar, pues eso era lo más importante; mantenerme fuerte.

Dan se colocó a mi lado, ayudándome a controlar el timón. Pero las olas eran demasiado fuertes, la lluvia empapa todo y la fuerza del viento era descomunal. Nuestros esfuerzos eran en vano; el barco se movía intensamente.
He de admitir que esa fue la primera y única tormenta en la que pasé miedo de verdad.

- ¡¡El mar está demasiado revuelto!! -grité, tratando de hacerme oír sobre los truenos que retumbaban por encima de nuestras cabezas.

Dan contestó con un "sí" alto y claro, sin saber qué más decir.

Los pocos tripulantes que había sobre la cubierta ya habían cerrado la bodega y corrían de un lado a otro, arrastrados por el propio barco inclinándose.

Mi corazón latía con demasiada fuerza. Era como despertarse de una pesadilla que continuaba en la vida real. Literalmente.

De pronto, una enorme y brutal sacudida nos hizo perder el equilibrio y caer al suelo, para ser arrastrados hacia la barandilla oeste del barco. El timón quedó totalmente descontrolado, girando con una rapidez desmesurada, y traté de levantarme, pero me fue prácticamente imposible, pues las embestidas de las olas contra mi nave no paraban.

Dan me sujetó por un brazo y trató de impulsarme hacia arriba. Justo cuando creía que podía mantenerme en pie, otra ola que llegó incluso a cubrir la cubierta principal, embistió el barco y volví a caer, esta vez haciéndome daño en el tobillo izquierdo y en el hombro, derecho.

Y ahí estábamos, como si fuéramos hormigas en el ojo de un huracán. Lo vi todo perdido.

Me arrastré por el suelo como pude, acercándome al timón, con Dan haciendo lo mismo por detrás. El barco se inclinó peligrosamente otra vez, y nuestros cuerpos se deslizaron por la madera como si fuéramos marionetas. Estiré los brazos y me aferré a las barras de la barandilla que había al lado del timón. Dan se agarró a mi tobillo, lo que me produjo un dolor intenso en la pierna de la que Dan tiraba. Y en ese instante que duró apenas un segundo, sentí que me iba a romper en dos, y seguidamente, mis dedos se vieron incapaces de aguantar mi peso y el suyo, así que decidieron soltar su agarre, y entonces los dos nos arrastramos en forma de pelota por la cubierta, retorciéndome músculos que ni siquiera sabía que existían.

Mi espalda chocó contra la barandilla, y supe lo que iba a pasar a continuación. Supe que iba a caer. Y supe que me iba a ahogar. Que iba a morir.

Supongo que no todos estamos destinados a vivir una vida larga, y menos si tienes la valentía de enfrentarte al mar.

Pero entonces, Dan sujetó mi mano, impidiendo que mi cuerpo cayera al vacío.

El miedo corría por mis venas, y sentía que iba a desfallecer. Me dolía demasiado el brazo, al igual que el hombro, y me era imposible dejar de gemir. Dan me ayudó a saltar la barandilla para volver a la cubierta, y otro zarandeo nos obligó a caer al suelo, de nuevo.

Dan me rodeó con ambos brazos, tratando de protegerme de los golpes y del propio mar, y tal vez de l que iba a ocurrir a continuación.

- Vamos a morir, ¿verdad? -grité cerca de su oído, creyéndome mis propias palabras.

No iba a luchar más. No podía. Sabía que era una batalla perdida. Y cuanto más me lo repetía, más dudaba en si me refería a una batalla perdida contra el mar o contra mi propia vida.

Quizá se trataba de mi vida.

Quizá lo más fácil era rendirse del todo.

- ¡No! -contestó él, seguro y firme.

Ojalá pudiera creerle.

Y entonces lo vi, por encima del hombro de Dan.

Aquella enorme y oscura masa de agua en forma de ola gigante que se acercaba a nosotros y que se cernía sobre nuestro barco como si fuera el mismo cielo. Y me arrepentí de haber mandado que cerraran la bodega, porque sabía que los que estaban dentro iban a tener una muerte segura.

Recuerdo la negrura que nos cubrió. Y recuerdo que lo último que pensé fue que deseaba de todo corazón que Jacob y Liv y Diana pudieran abrir la bodega, y al menos intentar escapar de aquella ola gigante que engulló nuestro barco y lo hizo desaparecer en la oscuridad del mar, de la muerte.


***


Dolor. Frío. Mucho frío. Y mucho dolor también.

¿Quién era yo...? ¿Qué era yo...?

Negrura.

La más terrible oscuridad me rodeaba.

Pero de pronto, vi una chispa. O tal vez no la vi, simplemente la sentí.

Un hormigueo en alguna parte de mi cuerpo, no llegaba a adivinar cuál era. El hormigueo se acentuó, y supe que se trataba de mis pulmones y mis extremidades. De mi pecho en general.

Otra chispa.

Y supe que tenía que hacer algo.

Y con algo me refería a movimiento.

Agité lo que tenía por piernas y brazos, sin saber exactamente hacia dónde iba, pues ni siquiera sabía si estaba cerca de la superficie.

Me moví aún con más desesperación, mientras mis pulmones ardían por la falta de aire. Ya no podía siquiera mantener los ojos abiertos. Más oscuridad.

Y recuerdo que el rostro de Harry acudió a mi mente. Supongo que eso sólo podía significar una cosa; que estaba muerta. Y si no lo estaba era porque iba a estarlo en escasos segundos.

Pero antes de que mi cerebro se apagara del todo y la oscuridad fuera aún más oscura y fría, el rostro de Jacob inundó mi mente, y pensé que quizá, y sólo quizá, sí había esperanzas.

¿De qué?

No lo sé.



lunes, 11 de agosto de 2014

DDM: Capítulo 88

¡Hola todos (los que seguís ahí)!

Vuelvo a subir el capítulo 88, pues debí subirlo antes que el 87 y claro... Algo fallaba en el orden jajajaja.

Siento estar desaparecida durante tanto tiempo, y para ser sincera, ahora mismo no puedo prometeros subir con más frecuencia ni nada parecido... Quizás haga como mucho eso de programar las entradas para subirlas automáticamente, pero ya veré. El motivo por el cual voy a estar más ausente de lo debido, al menos más adelante, es mi mudanza. Sí, hace unos días que no estoy en España... Y bueno,   como una adolescente normal fuera del país, también voy a ir al colegio, y es un tema que me tiene un poco estresada... Así que digamos que los estudios en unos días me van a mantener muy entretenida.

Gracias por entenderlo, en serio, y gracias a todos aquellos que seguí leyéndome :)







Parpadeé varias veces seguidas, hasta que mi visión se despejó del todo. Me sentía demasiado cansada como para levantarme de entre las sábanas, pero algo me dijo que mejor cuanto antes.

Miré a mi alrededor, y fui consciente de que Dan no estaba tumbado en la cama. Y justo en ese instante, entró por la puerta, con una amplia sonrisa en los labios.

- ¡Vamos, despierta!

Su voz sonaba alegre, tanto, que creía estar yo también alegre. Me incorporé, sonriéndole, y acepté la mano que me tendía para ayudarme a levantar.

- Hace un día precioso. Es un día precioso.

Sus ojos brillaban, pero no me pareció extraño. Su alegría me contagiaba, y eso me gustaba. Me tendió mi ropa y esperó pacientemente a que me cambiara.

- ¿A qué viene tanto... no sé, alboroto? ¿Felicidad? ¿Alegría? -inquirí, riendo.

- Simplemente es un día precioso, Katherine. ¿No te parece eso suficiente?

Me encogí de hombros, aceptando esa respuesta. Dan y yo salimos de mi camarote, y el sol me deslumbró. Demasiado brillante, como si estuviéramos en pleno verano. El cielo azul claro se reflejaba en el mar, y no había ninguna nube a nuestro alrededor.

Dan tenía razón en cuanto a lo precioso que era el día.

- Katherine, tenemos algo que decirte...

Estoy segura de que mi corazón se paró por una milésima de segundo. Pero recuperó su ritmo normal en cuanto vi la sonrisa en el rostro de Dan. No podía ser algo malo.

- ¿Qué ocurre?

Dan dirigió su mirada hacia la bodega del barco, por la cual salió Jacob, tan radiante y magnífico como siempre. Pero a juzgar por sus caras, supe que esa no era precisamente la sorpresa; Jacob no se iba a declarar ni nada por el estilo, ni tampoco iba a besarme como lo hubiera deseado.

Seguí con la mirada fija en la bodega, expectante, cuando de pronto, Diana ascendió por las escaleras, con lágrimas en los ojos y brillando como si fuera el propio sol de felicidad. Tenía la vista clavada en algo a sus espaldas... o mejor dicho en alguien.

Mi corazón latía cada vez con más fuerza, hasta que una figura masculina perfectamente definida apareció de la bodega, sosteniendo entre sus brazos a Kathlyn... a su hija.

No puedo decir con exactitud si morí en aquel instante porque mi corazón dejó de funcionar o porque mis pulmones se olvidaron de cómo coger aire. Pero fue alguna de las dos opciones.

- ¿Ha... Harry...? -mi voz fue tan leve que temí que no me hubiera oído.

Las lágrimas inundaron mis ojos con rapidez, totalmente en blanco.

- ¿Harry...? -repetí.

Harry sonrió. Era su sonrisa. Sus ojos brillaban más que nunca, jamás le había visto tan vivo, ni tan feliz, ni tan... Me había quedado sin palabras. Harry.

Harry estaba allí.

De pie.

Sosteniendo a Kathlyn, con Diana.

Y me pregunté si aquello era real, porque me pareció imposible.

Me temblaban las piernas, me temblaba todo el cuerpo, y no fui capaz de aguantar el llanto. Automáticamente corrí hacia Harry, que me recibió con los brazos abiertos, después de entregarle a Kathlyn a Diana.

- Kathy... Oh, mi Kathy... -susurró en mi oído.

- Harry. -sollocé. - ¡Harry, estás aquí!

Tuve la sensación de que todo el universo podía oírme gritar aquello, aquella palabras tan llenas de felicidad por el retorno de alguien que creía completamente muerto.

No sabía por qué, pero no era capaz de decir nada más, así que me limité a no soltarle. Le rodeé entero, sujetando su torso con fuerza, aferrándome a él con todas mis fuerzas, sintiendo cómo la vida latía en su interior. Sintiendo cómo su corazón golpeaba su pecho, sobre el cual yo me apoyaba.

No me creía capaz de abrazar con tanta fuerza, pero ahí estaba yo. Sollozando por lo que estaba ocurriendo, abrazando a mi mejor amigo, al que jamás pensé que volvería a ver.

- Estoy aquí... Siempre lo he estado, lo sabes. Te lo prometí, aunque no fuera físicamente.

Asentí, con la cara empapada en lágrimas, segura de que daba pena mirarme, pero no me importaba, porque Harry estaba allí. Conmigo. Con Diana.

No me lo creía. Es que no podía creérmelo.

Y entonces, llegó el momento que siempre lo arruina todo.

Nubes negras aparecieron de la nada, cubriendo el cielo que antes era tan bello, rugiendo y amenazándonos con rayos y truenos, que pronto se convirtieron en una pesada lluvia.

Quise gritar y preguntar qué estaba ocurriendo, pero era como si el mundo se hubiera tornado silencioso, pues yo movía los labios, pero de mi garganta no salía ningún sonido. Tampoco del resto de personas.

De pronto, el barco se zarandeaba con fuerza entre la olas, las cuales lo golpeaban de manera amenazante. Y no pude hacer nada.

Me quedé clavada en el suelo, viendo cómo Harry se deslizaba hasta la barandilla del barco y caía por la borda en el torbellino de aguas oscuras que estaba a punto de tragarnos a todos, sin si quiera gritar, con su rostro serio y sin emoción alguna.

Fue en ese momento de shock cuando abrí los ojos realmente, y me di cuenta de que no estaba en medio de una tormenta huracanada, sino en mi camarote, en la cama, empapada en sudor frío.

Harry tampoco estaba allí. Nunca lo había estado. Porque sólo había sido una pesadilla.

Una pesadilla que me hizo darme cuenta de que estábamos cerca de la Isla de las Voces, pues algo tan malvado y cruel no podía venir de mi propio subconsciente.


Y la fuerte sacudida que sufrió mi barco en aquel momento lo confirmó.